“Blue Jasmin” EEUU. 2013. Dir.:Woody Allen. Con Cate Blanchett, James Baldwin, Sally Hawkins.


Blue moon


Debe ser uno de los films más amargos de Woody Allen. Es una implacable vivisección de una mujer, Jeanette, que cambia de nombre (más no de alma) y es luego Jasmine, que no culmina sus estudios de antropóloga, que es bella, elegante, y ama vivir bien, entre “diamantes y visones” y viajes a París.  Hal, (Alec Baldwin) su esposo,  ladrón de guante blanco,  vive al borde de la ley, hundido hasta el cuello en negocios sucios, y termina con sus huesos en la cárcel, y después con su vida, dándose la muerte con una soga y rompiéndose el cuello, como informa puntillosa y ferozmente Jasmin a los amigos de su hermana Ginger (Sally Hawkins, muy bien).


Woody Allen vuelve de Europa, donde filmó varias cintas en los últimos años y entra por San Francisco, como si tuviera una antigua deuda con esta ciudad. Hace un film helado, donde la discordia reina, escaso en efectos hilarantes, rico en su presentación fragmentaria, donde el flash-back despliega los distintos momentos de su historia y pinta a Jasmine, una mujer, como diría Cassavettes, bajo influencia. 
Cate Blanchett construye su personaje a golpes de desesperación, extravío y fiereza, manteniendo el pulso firme sobre la rueda de su timón, y no falla una sola vez, ora llamando al mozo para emborracharse, ora vaciando con gesto de náufrago el contenido de su cartera, buscando desesperadamente una vasija de monedas de oro, al pie del arco iris. Es que el personaje de Jasmin es de una hondura de abismo bizarro y alucinado, con arrojos ceñudos de extravío que da miedo, cuando la locura se le arremolina en copos, en su mirada perdida, hablando a personajes que flotan en su recuerdo, invaden su presente, mientras Jasmine está en una fiesta, camino de un estado de embriaguez renovable, sendero familiar repetido al que ella vuelve una y otra vez, confusa, perdida, entre diálogos vanos entre sombras, caminando por una calle, o sentándose en el banco de una plaza, a conversar con sus “voces de adentro”.


La nave humana que es Jasmine encalla más de una vez, pues, toma sedantes de modo infatigable, y los baja con alcohol (vino o vodka o Martini), mientras cuida de sus sobrinos, niños de pocos años pero que la escrutan como viejos sabios y le preguntan de modo implacable por sus soliloquios, por su haberse vuelto loca. Jasmine está tan contenta, que no vacila en contarles todo, incluso les habla  de su contacto con “Edison y la electricidad”. 


Empero  ella no parece una mujer que pueda salvarse porque ha perdido la oportunidad de “un más allá” muchas veces. Ella es incapaz de sentir amor hacia la verdad oculta en su alma, engaña a un hombre elegante y joven, (Peter Sarsgaard, bien) que la vida le envía, pero Jasmine pierde esta segunda oportunidad. Ella no ama el territorio fastidioso de su alma, lo ignora, y eso hará que retorne a su vieja música, a Blue moon, vieja balada country de Rodgers, que se repite, leit motiv que habla de cómo la luna vio al personaje. 
“Triste luna/ tú me viste tan solo/ sin un sueño en mi corazón/ sin un amor” 


Juan Carlos Capo